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Vamos de compras, un sábado más, a buscar algo para nuestro hijo, nuestra sobrina o el retoño de algún amigo. Decir “hijo”, “sobrina” o “retoño” específicamente es algo consciente. Porque, a la hora de entrar en una tienda de ropa, la diferenciación de género no es baladí. Si bien creemos que “solo” vamos a comprar una camiseta, el acto de escoger una y no otra, o de ir a una sección y no otra, es decisivo y merece ser analizado.

Cuando compramos una prenda solemos fijarnos en el precio, el diseño o la marca. Sin embargo, rara vez nos interesamos por el lugar de procedencia, quién cultivó el algodón, dónde se tiñó el tejido o en qué condiciones se confeccionó.

Esta falta de visibilidad no es accidental. Durante décadas ha formado parte estructural del modelo de producción de la moda. Pero ese paradigma está cambiando. No solo porque hay una mayor sensibilidad medioambiental o social, sino por una transformación más profunda: la trazabilidad está dejando de ser una herramienta técnica para convertirse en una oportunidad estratégica.

La belleza de lujo –el segmento premium de la cosmética y la perfumería– mueve al año más de 130 000 millones de euros a nivel mundial y está dominada por un puñado de conglomerados, casi todos europeos. En ese tablero, Estée Lauder compite desde Nueva York, con unos 14 000 millones de dólares en ventas en 2025, y Puig, desde Barcelona, superó por primera vez los 5 000 millones en ese mismo año. Es en este escenario donde se inscribe la noticia que ha sacudido al sector esta semana: ambas empresas están negociando una fusión.

En las últimas temporadas, no deja de repetirse una escena: jóvenes que pasean por las ciudades con camisetas del Real Madrid de los 2000, del Betis noventero o incluso del Deportivo de la Coruña cuando ganaba ligas. No van al estadio. No es día de partido. Pero llevan la camiseta como si fuera una declaración personal. Y lo es.

La moda parecía haber perdido su capacidad de sorprender. Demasiados desfiles convertidos en clones de sí mismos, demasiadas colecciones construidas a base de nostalgia reciclada, demasiados logotipos sustituyendo a las ideas. El sistema, atrapado entre la inmediatez de las redes sociales y la presión de los balances trimestrales, parecía condenado a repetir fórmulas hasta el agotamiento. Esa fatiga creativa no es un secreto: la perciben los críticos, la sienten los consumidores y la arrastran incluso las grandes maisons (casas de moda).

Roma despedirá el viernes 23 de enero a Valentino Garavani, el diseñador italiano que convirtió un matiz rojo en símbolo universal del glamour y transformó la alta costura en un negocio multimillonario. Su empresa sobrevivió cuatro cambios de dueño y sigue funcionando 17 años después del retiro de quien le dio su nombre.

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